Las calles de Londres se tiñieron de rojo y volvió a estallar el caos en el norte de la capital inglesa. Los fanáticos del Arsenal tuvieron que esperar 22 años para volver a ver al equipo consagrarse de la Premier League y con un hombre de la casa en el banco de suplentes: Mikel Arteta. Si bien el camino al título comenzó en agosto de 2025, la historia se remonta a 2019, cuando el vasco dejó su cargo como ayudante de Pep Guardiola y tomó las riendas de un club que estaba en llamas y anímicamente caído.
La consagración puede analizarse desde el plano estratégico, la fortaleza defensiva (con Gabriel Heinze a la cabeza) o las jugadas a balón parado. Sin embargo, se trata de un camino resiliente en donde tuvo que atravesar adversidades, tomar decisiones importantes y cambiar el chip con estrategias fuera del manual tradicional. A pesar de quedar octavo en las primeras dos temporadas, allí comenzó a cimentar los pilares del Arsenal que hoy en día impone y gana.
En septiembre de 2020 se concreta la llegada de Gabriel Magalhães. Apenas un año después decide separar del plantel a Pierre Emerick Aubameyang por cuestiones extrafutbolísticas. Un mes más tarde oficializa la compra de Martin Odegaard mientras en paralelo un joven Bukayo Saka agarraba la titularidad. Estos tres jugadores se convirtieron en los referentes del plantel.
Tras la salida de Unai Emery, Mikel Arteta se encontró con un vestuario en caos, desorden y falta de cohesión entre los propios jugadores. Una de sus primeras acciones fue convocarlos a una reunión en la que volcó muebles, usando las sillas caídas como metáfora del estado del equipo en el campo: un completo lío. Este gesto buscaba impactar y dejar claro que el grupo necesitaba una transformación profunda, tanto en lo futbolístico como en lo humano.
En aquel momento, el ambiente fuera del campo era tan problemático como el desempeño sobre el césped. El vestuario estaba fragmentado en pequeños grupos, con la presencia de figuras poco profesionales. Sam Dean, quien cubre al Arsenal para The Telegraph, señaló que una estrella fumaba sin descanso después los entrenamientos, además de una gran enemistad entre dos referentes que incluso escaló hasta el desafío de pelear puertas afuera.
El proceso de reconstrucción de las relaciones y dinámicas internas fue paulatino, pero constante. Con el tiempo, el Arsenal fue consolidando una estructura de convivencia más saludable y solidaria. Aunque persisten pequeños grupos de amistad basados en el idioma o la cultura, ahora predomina un propósito común que ha impulsado el rendimiento del equipo.